De Argentina a Argentatorum, la navidad es siempre un lujo.

Por Inés Gamarci, Head of Luxus y especialista en Marketing de Lujo.
En el corazón de Europa, es la ciudad con más belleza e historia donde hoy hallar la Navidad, esa que te hace soñar. De aquellas construcciones romanas del S. 12 AC  que le dieron nacimiento con su primer nombre, Argentatorum, a las franco-alemanas- hay en esta tierra indómita un aroma a vino caliente especiado, fogones mágicos en granjas-hoteles y canales que hasta Venecia puede envidiar.
Su Mercado de Navidad es el verdadero Lujo del año. Chalets que comerciantes e instituciones alquilan para ofrecer sus productos, chocolates que invitan a ser niño en cada figura, caramelos y chanchitos en pan de especias, cristales, manteles de hilo antiguo, platería… Por momentos parece una verdadera sucursal del Almacén de San Nicolas allá en el Polo Norte.
Toda toda la ciudad es una postal del abrazo y el renacer navideño. Las callecitas mínimas se abren a los parques y plazas que tienen sus balcones poblados de osos de peluches, con las típicas cigueñas rosas (señores, en Paris nunca hubo, por lo tanto eso de que los niños vienen de Paris… no way, lamento informarles). Y cada una es una obra de arte increíble.
El frío no es nada… son las vidrieras las que me dejan helada. Porque la decoración en el detalle hace que el ojo navegue hasta el corazón y le diga: Silencio, contemplá y déjate andar.
Tiembla el vidrio de la vitrina del Magasin Vuitton, al lado de la vidriera de la Mere Poulard y sus galletitas de manteca que se derriten en la lengua.
Mi primera vez en Strasbourg fue hace 35 años. Y juro por todos los dioses germanos y romanos que un pedazo de mí quedó incrustado en las piedras de sus iglesias que cantan campanas de Fiesta en diciembre. Tenía 16 años y ver por primera vez un artesano Hermès hablando de la vida con un cocinero de 80 años en una WInstub (taberna alemana) juntos – Las Flamme Küche o tartes flambées (imaginen la pizza o tarta mas finita y perfecta con cebollas, crema y bastones de panceta crujientes que hay que comer inmediatamente) que como lacre sellaron mi paladar, son tambien mi Navidad hoy.
Dicen que pasar del verano al invierno en tiempos de jingle bell es como abrir un regalo.
Los diamantes más bellos ni siquiera igualan el esplendor del Rhin que serpentea en la Petite France. Ahi me pierdo yo.  Pero quiero llegar a la Place Kléber, porque el Árbol de Navidad más alto del este de Francia brilla en el gris plata, con su estrella dorada. Agua nieve para mis encantos empieza a caer. Y las luces me recuerdan que ni la noche más oscura impedirá renacer.
Allí, donde hubo guerras, territorios y habitantes cambiando de nombres y de arquitecturas es donde la luz cobra más fuerza Porque Navidad tiene el sentido del renacer más allá de todo en esta antigua Argentoratum. Y hoy la nueva Strasbourg me lo recuerda con lágrimas en los ojos.
Hay viajes que son un lujo para el alma, este es en primera persona y tiene el sello de mi cuna dorada de cultura francófila que no cesa de crecer.
El lujo de ir hacia uno mismo. Eso. 
Y renacer en el fuego de la propia pasión.

¡Felíz navidad #Luxus!

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